15 Octubre 2020

Las mujeres rurales desempeñan un papel fundamental en la conservación de la naturaleza y el desarrollo socioeconómico de las comunidades y las naciones. Sin embargo, los retos son amplios, e incisivos. Mujeres en todo Costa Rica y el mundo deben afrontar grandes violaciones a sus derechos a diario, la pobreza, las brechas salariales, la violencia, las limitaciones de participación en procesos de toma de decisión y acceso a financiamiento, por citar solo algunas, siguen siendo la realidad de muchas niñas, jóvenes y mujeres adultas. 

 

Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), para el 2015 la población rural en América Latina y el Caribe correspondía a cerca del 21%, y representaba poco más de 129 millones de personas distribuidas en 33 países. De este total, casi la mitad son mujeres y de ellas, cerca del 20% pertenece a pueblos indígenas. En Costa Rica, según el Censo Agropecuario de 2014, el país tiene 80.987 personas productoras agrícolas, de las cuales 84,4% son hombres y el 15,6% mujeres y del total de personas productoras registradas, únicamente un 13,5 % expresó haber recibido financiamiento. De este total, 12,1 % son hombres y 1,4 % son mujeres.

Por tanto, los esfuerzos por la igualdad de género constituyen una prioridad fundamental para promover sociedades justas, inclusivas y resilientes. En Río Jesús de Santiago de San Ramón -Costa Rica-, 23 mujeres le dieron un salto en sus vidas con la agricultura orgánica y la meliponicultura. Aquí te contamos su historia. 

“¿Por qué solo los hombres?” 

Cuando Heimy Arguedas Madrigal, su madre Lidia María Madrigal Loria y otras 21 mujeres de San Ramón se hicieron esta pregunta; lejos estaban aún de saber que, con ella, estaban abriéndose la puerta al mundo de la agricultura orgánica, la obtención de un microtecho y la asesoría para producir miel de abejas sin aguijón (meliponicultura). 

Era el 2016 y los hombres de la comunidad de Río Jesús de San Ramón, trabajaban en diversos proyectos de producción sostenible orientados a la restauración ecológica del lugar con el apoyo del Programa de Pequeñas Donaciones (PPD) del Fondo para el Medioambiente Mundial (GEF, por sus siglas en inglés), implementado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). El proyecto era vital para recuperar una de las cuencas con más deterioro ambiental de Costa Rica, la cuenca del río Jesús María, y que gracias a la alianza del PPD con la Comisión Asesora sobre Degradación de la Tierra (CADETI), podía trabajarse desde distintos frentes: reforestación, reciclaje, abono orgánico, cambio en la manera de trabajar el suelo, reducción de agroquímicos y mejoramiento en los procesos de polinización. 

Fue, entonces, cuando las mujeres de la comunidad decidieron hacer suya la oportunidad también.

La decisión derivó en una invitación para que Heimy, y otras 22 mujeres, se capacitaran en un proyecto más ambicioso de producción orgánica y meliponicultura. La demanda fue tal, que la oferta inicialmente pensada para 15 mujeres tuvo que ampliarse; había más de 20 “tocando la puerta” para participar de esta importante apuesta. 

Doña Lidia, al principio, pensó que la ayuda se limitaba a recibir un curso teórico sobre cómo elaborar abono orgánico. ¡Su sorpresa fue grande! Se encontró con un proceso que derivó en la construcción de un microtecho, y la capacitación para hacerlo producir, así como también para criar abejas sin aguijón y sacar provecho de su miel. 

Gracias al apoyo del programa GEF-PNUD, las mujeres de Río Jesús de Santiago de San Ramón constituyeron una asociación, construyeron cada una un microtecho para producción de hortalizas libres de agroquimicos, y se capacitaron con el respaldo del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) y la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA). Todo esto con el impulso de 25.000 dólares americanos de los fondos GEF que el PPD facilitó para que esta iniciativa fuera una realidad, una muy importante para la autonomía política y económicas de las mujeres, y el desarrollo económico de la comunidad. 

Salud para el desarrollo y el alma de una comunidad

Hoy, el impacto del proyecto alcanza a una nueva generación de mujeres. Sarah Morales Arguedas, la niña de 6 años de Heymi, y nieta de doña Lidia, ayuda a su abuela a seleccionar semillas, conoce las hojas de albahaca, ayuda a preparar la tierra para sembrar lechugas, y sus manos apoyan a su abuela a cosechar espinacas. También, con Heymi, su madre, lleva semillas de flores para lanzarlas cerca de las quebradas, con el fin de ayudar a las abejas a tener un hábitat que favorezca la polinización de las especies y el cuido de la naturaleza. 

“Cuando yo supe lo que tardaba un pañal de plástico en reciclarse, dejé de usarlos. Ahora los pañales de la hermana de Sarah son de tela”, dice Heimy, para quien la conciencia sobre el cuidado del planeta es un estilo de vida que se generaliza cada vez más en la comunidad de Río Jesús de San Ramón. “Aquí estamos alerta sobre el uso de agroquímicos, pues sabemos el daño que pueden hacerle a las abejas”, dice Heimy. 

Doña Lidia abre la puerta de su casa cada mañana rumbo al microtecho. Ahí pasa las horas cultivando romero, tomates, espinacas y otros cultivos. 

“Viera usted el gusto que da llegar a la casa a hacer una ensalada fresca, que se sabe de dónde salió y que tiene el sabor propio de un producto natural. Cada mes nos ahorramos hasta 20.000 colones por la compra de verduras. Además, tenemos producto para mandarle a la familia y hasta para vender”. 

Con las manos en la tierra, y la mirada estimulada por los colores intensos de su cosecha, doña Lidia pasa las horas bajo el microtecho y lo siente como una terapia, una inversión en salud mental. 

“Esta situación tan tensa de encierro en la casa, por causa del Covid 19, no es para mí un motivo de tensión, sino todo lo contrario; tener el microtecho en la propiedad misma de mi casa es un privilegio. Yo ahí paso horas cuidando los cultivos, viéndolos crecer… es una felicidad para mí”, dice doña Lidia. 

Emprendimientos locales para mover la economía nacional 

A la par de la agricultura está el trabajo con las abejas. Heimy y doña Lidia cuentan con dos colmenas cada una. A diferencia de la apis melífera, que es la abeja que produce la miel que solemos comprar en los supermercados, las abejas sin aguijón producen menos cantidad de miel, pero sus propiedades son tan cotizadas que una botella de un litro puede alcanzar un costo de hasta 50.000 colones / 87 USD. 

De acuerdo con Ingrid Aguilar, del Centro de Investigaciones Apícolas Tropicales de la Universidad Nacional (CINAT), la cría y manejo de las abejas sin aguijón es una actividad ancestral. 

“Desde el 2014, aproximadamente, se observa un desarrollo de la actividad más comercial, y han surgido proyectos familiares, empresariales, y de grupos, cuyo objetivo principal es la producción y compra de miel, y producción de subproductos cosméticos. En Costa Rica, el trabajo en cosmética a base de productos de abeja sin aguijón es poco”.

Heymi, sin embargo, recuerda la vez que pudo fabricar jabón con el producto de sus abejas. 

“Era una delicia. Lo gasté muy rápido de tanto que lo usaba”, dice con una sonrisa. 

La iniciativa que se llevó a cabo entre septiembre del 2017 y febrero del 2019,  aún tiene retos que enfrentar, por ejemplo, lograr que la totalidad de las mujeres participantes logren un mayor aprovechamiento de la producción del microtecho, y propicien mayor comercialización de los productos, lo cierto es que para muchas de estas mujeres ha representado un cambio en sus vidas y la de sus comunidades. 

Heymi, por ejemplo, cree que muchas mujeres tienen un ingreso valioso para su economía, pero también empoderamiento como mujeres y una mayor conciencia en el cuido del ambiente. El proyecto se ha traducido en autonomía económica y política para ellas. 

“Creo que demostramos que no íbamos a perder el tiempo si no a emprender”, dijo Heymi con una gran sonrisa. Las mujeres de Río Jesús protegen la tierra y el ambiente a la vez que provocan desarrollo y se aseguran la igualdad de oportunidades y su empoderamiento.

“La recuperación frente al COVID-19 y la senda segura para el Desarrollo Sostenible debe tener en su centro a las mujeres y las soluciones basadas en la naturaleza, si es que queremos salir más fuertes y mejor de los desafíos que enfrentamos como humanidad. Esto pasa por transformar las normas sociales de género impuestas por la cultura, normas que invisibilizan el papel que cumplen las mujeres como agentes esenciales de conservación, y su rol protagónico en la reducción de la pérdida de la naturaleza”, señaló José Vicente Troya Rodríguez, Representante Residente del PNUD en Costa Rica y Campeón Regional de Género y Ambiente del PNUD.

“Como Heimy, Lidia y Sarah, las mujeres rurales tienen saberes y conocimientos específicos que potencian el uso y manejo sostenible de las especies de fauna y flora silvestres, y nos ofrecen un ejemplo claro para el desarrollo económico y social para alcanzar una economía verde con perspectiva de género; la ruta correcta para un mejor futuro del planeta, las especies y la humanidad”, puntualizó.

Fotografía: Priscilla Mora Flores / PNUD Costa Rica // Redacción: Rodolfo González Ulloa // Supervisión general: Charles Dixon e Ingrid Hernández Sánchez / PNUD