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El desarrollo sostenible es aquel capaz de satisfacer las necesidades del presente sin poner en peligro la capacidad de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades. Esto supone cuidar del medioambiente y de la biodiversidad de tal modo que todas las personas de hoy y de mañana puedan contar con los recursos naturales y energéticos necesarios para el bienestar.

 

Cuando hablamos de medio ambiente y de biodiversidad, no sólo hablamos de plantas y de animales. Las personas, sus prácticas vitales y de consumo y su organización social son centrales en el análisis. En virtud de su socialización de género, mujeres y hombres desarrollan distintas funciones en la familia, el trabajo o la comunidad y, por tanto, manejan y conservan los recursos naturales de forma distinta y tienen un control diferenciado sobre los mismos. Del mismo modo, la vulnerabilidad que enfrentan unas y otros ante los riesgos de desastre difieren en función de los roles que desempeñan y los espacios en que se desarrollan. La propiedad de la tierra y el acceso y control de recursos naturales como el agua, la participación en la toma de decisiones de la gestión ambiental también están determinados por la discriminación histórica que han sufrido las mujeres.

 

Sin embargo, los proyectos medioambientales ignoran muchas veces esta realidad o aprovechan esta división de tareas para implementar sus iniciativas (a veces a costa de más carga de trabajo para las mujeres), sin ver la oportunidad que tienen de transformar patrones socioculturales, transformar las relaciones de género, empoderar a las mujeres y construir comunidades y sociedades sostenibles y equitativas.